
Estaba cansado, harto de tanta prueba, del sube y baja del ascensor, de las preguntas, de los médicos…a penas había dormido la noche anterior y sentía que no podría aguantar el peso de sus párpados por mucho más tiempo, así que investigó por aquellos desagradables pasillos con olor a enfermo -tan distintos de lo que siempre mostraban en las series de hospitales, tan de moda últimamente- en busca de algún lugar donde poder relajarse un poco.
Pablo siempre había sido una persona “especial”, o eso decían. Cuando era pequeño solía tener amigos imaginarios con los que jugaba a salvar el mundo de los malos que acechaban en su armario durante la noche; aguardando la llegada de María, su madre, con su ya rutinaria lectura breve de algún libro de fantasía y el cariñoso beso de buenas noches.
Cuando empezó a ir al instituto hizo muchos amigos nuevos. Era un chico bastante extravertido, y solían decir que tenía mucha personalidad, porque no se dejaba influenciar por opiniones ajenas. Respetuoso, le encantaba conocer gente, y disfrutaba de las diferencias, en vez de criticarlas. Culto, con un punto misterioso, gran dibujante, amante de la ciencia ficción y de los juegos de rol, con una conversación muy interesante, comprensivo y amigo fiel…
Sumemos a esto su espectacular atractivo físico (tal vez razón principal de su confianza en si mismo), y entenderemos que fuera uno de los chicos más populares del instituto. Ése que recibía cien cartas de adolescentes desquiciadas por el día de San Valentín, a las que nunca daba demasiada importancia.
Al empezar 4º de la E.S.O., y con la aprobación del sindicato de estudiantes – en el que el participaba – fundó en su instituto el “Club de Cómic”, donde conoció a Irene.
Irene era una chica fantástica, un año menor que él pero bastante madura para su edad. Compartían gustos y aficiones, y podían pasar horas y horas simplemente mirándose a los ojos, en silencio.
Un día, estaban en casa de Irene, haciendo como que estudiaban, cuando apareció Miguel, su hermano mayor, y le dijo a Pablo que necesitaba hablar un momento con él, en privado. Había encontrado un dibujo hecho por él, en el que aparecía su hermana, tumbada en el suelo, desangrándose por cada poro de su piel, con pequeños duendecillos verdes con gesto psicodélico a su alrededor. En la parte superior, Pablo, con una sonrisa de oreja a oreja, contemplaba el maravilloso espectáculo de ver a su novia muriendo lentamente.
No supo como reaccionar, porque ni siquiera recordaba haber hecho ese dibujo. Miguel comenzó a gritarle, Pablo le gritó a él, Miguel le dijo que estaba loco y…
Pablo no recuerda nada más de aquel día, pero sabe que llegó a casa eufórico, con la ropa manchada de sangre, y con miedo por si alguien se enteraba de lo que había pasado.
Al día siguiente, dos tipos trajeados fueron a buscarle a su casa. Desde entonces, juicios, y más juicios, declaraciones vacías de contenidos fiables, millones de tests y cuestionarios de personalidad…para concluir en su palabra más odiada: esquizofrenia. Pero al menos eso le intercambiaba la cárcel, por el manicomio.
Llevaba dos horas reflexionando en aquella asquerosa habitación, de aquel repugnante lugar, cuando llamaron a la puerta. Era Irene.
- Pablo…ya lo se todo, y bueno…como comprenderás no podemos seguir juntos pero quiero que sepas que…no te guardo rencor. Vamos, que te perdono.- dijo, con los ojos llenos de lágrimas.
- No necesito que me perdones. – contestó el muchacho - Soy esquizofrénico, ¿y qué? Me he cargado a tu hermano, no deberías perdonarme.
Después de una larga pausa, la miró fijamente a los ojos y añadió un:
- Ahora, lárgate, o lo de aquel dibujo acabará por cumplirse.
Escribí esto para el trabajo final de psicología...no se, no me gusta demasiado pero lo publico para que veais que aún no he muerto. De todos modos ya estoy de vacaciones, asíque espero retomar un poco el blog.
Besotes,
Yaddel.
Pablo siempre había sido una persona “especial”, o eso decían. Cuando era pequeño solía tener amigos imaginarios con los que jugaba a salvar el mundo de los malos que acechaban en su armario durante la noche; aguardando la llegada de María, su madre, con su ya rutinaria lectura breve de algún libro de fantasía y el cariñoso beso de buenas noches.
Cuando empezó a ir al instituto hizo muchos amigos nuevos. Era un chico bastante extravertido, y solían decir que tenía mucha personalidad, porque no se dejaba influenciar por opiniones ajenas. Respetuoso, le encantaba conocer gente, y disfrutaba de las diferencias, en vez de criticarlas. Culto, con un punto misterioso, gran dibujante, amante de la ciencia ficción y de los juegos de rol, con una conversación muy interesante, comprensivo y amigo fiel…
Sumemos a esto su espectacular atractivo físico (tal vez razón principal de su confianza en si mismo), y entenderemos que fuera uno de los chicos más populares del instituto. Ése que recibía cien cartas de adolescentes desquiciadas por el día de San Valentín, a las que nunca daba demasiada importancia.
Al empezar 4º de la E.S.O., y con la aprobación del sindicato de estudiantes – en el que el participaba – fundó en su instituto el “Club de Cómic”, donde conoció a Irene.
Irene era una chica fantástica, un año menor que él pero bastante madura para su edad. Compartían gustos y aficiones, y podían pasar horas y horas simplemente mirándose a los ojos, en silencio.
Un día, estaban en casa de Irene, haciendo como que estudiaban, cuando apareció Miguel, su hermano mayor, y le dijo a Pablo que necesitaba hablar un momento con él, en privado. Había encontrado un dibujo hecho por él, en el que aparecía su hermana, tumbada en el suelo, desangrándose por cada poro de su piel, con pequeños duendecillos verdes con gesto psicodélico a su alrededor. En la parte superior, Pablo, con una sonrisa de oreja a oreja, contemplaba el maravilloso espectáculo de ver a su novia muriendo lentamente.
No supo como reaccionar, porque ni siquiera recordaba haber hecho ese dibujo. Miguel comenzó a gritarle, Pablo le gritó a él, Miguel le dijo que estaba loco y…
Pablo no recuerda nada más de aquel día, pero sabe que llegó a casa eufórico, con la ropa manchada de sangre, y con miedo por si alguien se enteraba de lo que había pasado.
Al día siguiente, dos tipos trajeados fueron a buscarle a su casa. Desde entonces, juicios, y más juicios, declaraciones vacías de contenidos fiables, millones de tests y cuestionarios de personalidad…para concluir en su palabra más odiada: esquizofrenia. Pero al menos eso le intercambiaba la cárcel, por el manicomio.
Llevaba dos horas reflexionando en aquella asquerosa habitación, de aquel repugnante lugar, cuando llamaron a la puerta. Era Irene.
- Pablo…ya lo se todo, y bueno…como comprenderás no podemos seguir juntos pero quiero que sepas que…no te guardo rencor. Vamos, que te perdono.- dijo, con los ojos llenos de lágrimas.
- No necesito que me perdones. – contestó el muchacho - Soy esquizofrénico, ¿y qué? Me he cargado a tu hermano, no deberías perdonarme.
Después de una larga pausa, la miró fijamente a los ojos y añadió un:
- Ahora, lárgate, o lo de aquel dibujo acabará por cumplirse.
Escribí esto para el trabajo final de psicología...no se, no me gusta demasiado pero lo publico para que veais que aún no he muerto. De todos modos ya estoy de vacaciones, asíque espero retomar un poco el blog.
Besotes,
Yaddel.

1 comentario:
Eres increíble...si volcaras sobre una mesa vacía la cantidad de ilusiones, fantasías, pesadillas y sueños que germinas en esa cabecita tuya se desbordarían por los cuatro lados. Mucho de ello, además, seguro que es perfectamente publicable, que sólo le falta perfilar suaves las líneas del contorno para dejarlo bonito, pulir sus 'peros' para convertirlo en un gran escrito.
Te animo a ello. Me animo a ello. Nos lo debemos a nosotros/as mismos/as, que nos hierven dentro historias que ansiamos construir con palabras y después nos puede la pereza para hacerlo.
Si sigues escribiendo aquí amenudo, créeme, te leeré.
Un beso sureño...
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